¿Y ahora qué? Aprendemos a orar

La vocación es un don de Dios que sólo puede resonar en la oración

La oración es el ejercicio práctico de tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Porque cuando te unes a Dios en la oración, estás haciendo un acto de fe, de confianza y de amor a Dios; y El te responde regalándote una inmensa paz.

San Alfonso María di Ligorio escribe «tu oración valdrá tanto cuanto tu acto de presencia de Dios». Puedes ayudar tu acto de fe con el acto de ponerte en presencia de Dios, con gestos sencillos y aplicados. Ponerte en presencia de Dios es tomar consciencia de su presencia, y porque reconoces que Dios te ve, harás una genuflexión bien hecha, a lo mejor más lenta que de costumbre. Fijarás tu atención sobre imágenes sagradas de la capilla que te ayuden a fijar la mente. O imaginarás que eres una esponja en el fondo del mar, y que Dios es el mar, y que eres penetrado por el mar, por Dios. La relación de tu alma con Dios será más estrecha, más íntima todavía si vas a la capilla y piensas «Señor, qué cerca estás de mi alma, aunque no te vea, no te sienta, sé que en esta oración gozo de la unión más estrecha que pueda tener contigo ahora». Este acto de presencia de Dios, lo puedes hacer en menos de un minuto, con unos gestos sencillos y una disposición del corazón y de la mente sencilla.

Un buen esquema de oración sería dedicar un primer tiempo a la oración litúrgica, siguiendo el breviario de las Horas, y con mucha devoción, rezar los Salmos que Jesús mismo utilizó para rezar, y rezar con el mismo corazón que María.

Después, ¡Pide lo que quieres a Dios con humildad! Muchas veces no recibimos porque no pedimos. Como niños, pidamos al Señor y meditemos los pasajes del Evangelio que nos pueden ayudar. Pidamos las gracias que necesitamos, pidamos las virtudes que nos hacen falta; pidamos gracias concretas. Por ejemplo, si dudas tu vocación: necesitas luz, no luz de tus pensamientos, pasiones, ni de tus miedos, pero luz de Dios. Abre el Evangelio y ve lo que te dice. A lo mejor no dudas de tu vocación pero no tienes fuerza. Pide fuerza y perseverancia. A lo mejor necesitas sinceridad, o conocerte mejor, o conocer a Dios mejor, amarle más. Puedes pedir las gracias que quieras, Dios te las dará.

Y finalmente escucha. Alarga el silencio, recógete, y escucha a Dios en oración. No te dejes distraer. Pronto tu escucha provocará chispas en tu corazón, tu inteligencia orientará las inspiraciones y tu voluntad se encenderá y te manifestará deseos en acciones y resoluciones concretas. El momento central de la oración es cuando se despierta tu voluntad.

La palabra de Dios es viva y misteriosa en el sentido que nunca se agota. Siempre dice algo nuevo en nuestro interior o en nuestra vida. Orar es hablar con Dios, y la oración es siempre eficaz.

La oración es una gracia que te concede Dios. Si hablas con Cristo y le preguntas que quiere de ti, te das cuenta que El te invita a vivir y ser como él; y progresivamente ilumina tu manera de ser y tu vida.

¿Y ahora qué? Aprendemos a orar
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