Una experiencia sacerdotal (P. Jorge Ranninger LC)

Recuerdo que llegaba bastante justo de tiempo a una cita que tenía con un amigo. Acababa de aparcar el coche y mientras lo cerraba ágilmente, observaba a dos señores que me miraban desde un rincón de la calle desde hacía un rato. Su “pinta” no era la mejor. Como tenía mucha prisa no puse demasiada atención, pero de reojo vi que uno de ellos se alejaba mientras el otro se quedaba quieto en la calle, justo por donde yo tenía que pasar.

Me fijé en el señor que estaba enfrente de mí y, la verdad, a primera vista no me “generaba” mucha confianza. Sabía que me iba a confrontar y me iba a retrasar en el encuentro con mi amigo. A unos metros de él, ya estaba pensando como “esquivar” este encuentro, porque tenía mucha prisa.

Padre, buenas tardes”. “Buenas tardes”, le respondí.

Y empezó a contarme: “Padre, yo antes creía en ese Dios, pero ahora ya no. La vida es muy complicada. He tenido que hacer muchas cosas. He tenido que irme buscando la vida solo y no es fácil. Y ahora siento que necesito mucha ayuda, lo paso a veces mal”. 

Yo le miraba, y el pensamiento del encuentro con mi amigo me presionaba. Pero al fijarme en sus ojos vi a alguien que sufría profundamente. En mi interior “algo” me empujaba a ofrecer el Amor de Jesús a esta persona. Jesús en mi interior me decía: “Muéstrale mi Amor”.

En breves palabras le dije: “Te agradezco la confianza. Jesús te quiere decir que siempre está contigo y que jamás te abandona. ¿Quieres encontrarte con Él ahora? ¿Te quieres confesar?” Pasamos varios segundos en silencio. Me parecieron minutos largos. No sabía lo que iba a pasar. “Sí, quiero volver a encontrarme con Jesús. Ese Jesús Amigo de mi infancia”. Y entonces nos sentamos en el bordillo de la calle entre dos coches aparcados, y en la soledad de los hombres y en la compañía de Dios, el Amor de Jesús descendió sobre esta alma sedienta de amor. Fueron momentos inolvidables, de un Amor palpable de Cristo, entre las ruedas de los coches. Para Jesús cualquier momento y lugar es bueno para decir “te quiero”.

Terminada la confesión, nos levantamos y nos dimos un profundo abrazo de hermanos. Jesús en la confesión abrazó profundamente a este señor.

Los minutos habían fluido muy rápidamente. Vi de lejos a mi amigo esperándome sorprendido por mi gran retraso. En mi interior pensaba: “Jesús, gracias por ser instrumento de tu Amor. No hay dinero que pueda pagar el momento que acabo de vivir”.

Una experiencia sacerdotal (P. Jorge Ranninger LC)

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