FAQ Vida espiritual

¿Vale la pena «perder el tiempo» en la oración?

Juan Antonio pregunta:

Padre,

Muchas personas me dicen que tengo que orar para descubrir mi vocación. Sin embargo, por más que rezo, no logro descubrir lo que Dios quiere. Voy a la capilla y repito una y otra vez el Padre Nuestro, el Ave María, y también algunas novenas que me han dejado… pero no logro escuchar a Dios. ¿Realmente vale la pena “perder el tiempo” orando?

Querido Juan Antonio,

No cabe duda que en nuestra sociedad, acostumbrada a resultados deslumbrantes e inmediatos, la oración pueda parecer una pérdida de tiempo. Sin embargo, quizás lo que nos falta realmente, es más fe en el poder de la oración. El enemigo de nuestras almas y de nuestra alegría sí cree en el valor de la oración, y por eso se empeña por todos los medios posibles en alejarnos de ella y hacernos creer que es una pérdida de tiempo. Y sin embargo, es, quizás, la mejor inversión.

Ahora bien, no es lo mismo decir rezos que orar. La oración vocal (repetir una fórmula) es muy buena y necesaria, pero no es el único tipo de oración que debemos hacer. Además, para que sea de verdad oración, hay que procurar que haya sintonía entre las palabras y el corazón, pues no es una fórmula mágica o un mantra, sino el inicio de un diálogo con Dios.

Tú me dices que repites las oraciones una y otra vez, pero quizás te está faltando dar el siguiente paso: no se trata sólo de hablar, sino también de darle a Dios tiempo de expresar su voluntad y tú escuchar atentamente con la fe y con el corazón.

Esa sequedad que experimentas en la oración puede ser señal de que Cristo quiere introducirte en una oración más personal, más vital, que sea de corazón a Corazón. Por ello, aunque uses las oraciones vocales y las novenas, que éstas sean una rampa de lanzamiento para que puedas dialogar con el Señor, con María, hablando de lo que os interesa a ambos: las almas, la Iglesia, los pobres, los que sufren, el que Cristo sea más amado…

Sólo en la medida en que te abandones en la oración a escuchar lo que Dios quiera y le permitas decir lo que Él quiera, irás avanzando por este camino.

Te recomiendo mucho que leas la parte del catecismo sobre la oración, pues te puede ilustrar mucho a este respecto. También tu párroco, o un sacerdote o religioso pueden ayudarte por el camino de la oración. También puedes encontrar en Internet, por ejemplo en www.es.catholic.net, buenos subsidios y ayudas para orar.

Cuenta con mis oraciones y, por favor, no dejes de encomendar en las tuyas a todos los que están buscando lo que Dios quiere de ellos para hacerlos plenamente felices en su servicio.

¿Qué hago para ser santo?

Luis pregunta:

Padre, yo todavía no tengo claro si Dios me llama a consagrarme a él o al matrimonio, pero sí tengo muy claro una cosa: quiero ser santo. ¿Qué puedo hacer para lograrlo?

Muy estimado Luis,

No tengo mucha idea de la edad que tienes, pero por la pregunta intuyo que eres más bien joven… y como tal intentaré responderte.

Me da mucha alegría que tengas claro que lo único realmente importante en la vida es ser santo, ser un amigo de Dios. El problema está en que andan rondando por estos mundos de Dios ideas, o caricaturas diría yo, de lo que es ser santo… y para poder acertar, conviene tener los ojos bien puestos en la meta.

El santo no es el hombre que no comete ningún pecado, ni es el hombre que tiene estigmas o levita en la oración, incluso no es el que no se distrae en la oración ni el que está pensando en Dios todo el día (cosa, por lo demás, imposible). El santo es más bien el que pone su amistad con Dios en primer lugar y busca agradarle a Él por encima de todas las cosas. Es el que, olvidándose de sí mismo, se lanza a parecerse cada día más a Jesucristo ayudado por su gracia. Más que un hacer cosas, es un dejarse transformar por la gracia de Dios y colaborar fielmente con ella.

El amigo es el que quiere lo mismo y rechaza lo mismo (idem velle et idem nolle, se dice en latín) que el amigo. Y por lo tanto, el amigo de Dios es el que busca hacer en todo la voluntad divina y rechaza todo lo que pueda contradecir a lo que el Señor quiere. Busca, como buen amigo, evitar todo lo que pueda empañar la relación (como es el pecado, no sólo el mortal, sino también el venial) y sabe pedir perdón cuando ha faltado al amor.

Gracias a Dios, la santidad no es algo que nosotros nos hayamos inventado, sino que es un don que Dios nos da. Y esta santidad se mide sobre todo por la caridad. Una persona que se cree santa porque dice cosas bellísimas sobre Dios, o porque conoce la Biblia, o lo que sea… pero que critica, calumnia y no ama a sus hermanos, no es más que un iluso porque está fuera del evangelio. La caridad es la piedra de toque de toda santidad.

¿Qué hacer, entonces, para ser santo? Ora mucho, ora como un valiente, de corazón a Corazón. No es para impresionar a Dios con tus discursos, sino para escucharlo y hacer lo que él te diga. Acércate a los sacramentos, sobre todo la Eucaristía y la confesión y pide la gracia de amar más. Haz apostolado: el santo es el amigo de Dios para los demás, y por lo tanto, hace presente a Cristo en la tierra. Te puede ayudar mucho leer vidas de santos también para que veas cómo son personas normales, que han aceptado el plan de Dios sobre sus vidas y lo han seguido hasta el heroismo.

Cuando llegue el momento, Dios te mostrará dónde tienes que serivrlo, si casado, como consagrado, como soltero o como sacerdote… Pero prepara el terreno para que la semilla caiga en tierra buena y hagas hermoso al mundo con tu santidad.

En todo este esfuerzo, acércate mucho a María. Y no tengas miedo a “dar la cara” por Cristo siempre y conquistar a otros hermanos tuyos para que descubran la maravilla de ser amados por un Dios tan bueno.

¡A ser santo, Luis, que sólo los santos cambian al mundo!

¿Qué es la dirección espiritual?

Gabino pregunta:

Veo que en muchas de sus respuestas recomienda la dirección espiritual como un medio muy bueno para el discernimiento vocacional. ¿Qué es exactamente la dirección espiritual? ¿Es lo mismo que la confesión?

Estimado Gabino,

¡Buena pregunta! A veces al responder las consultas que llegan uno puede presuponer muchas cosas y te agradezco sinceramente que me ayudes a ir a lo fundamental.

La dirección espiritual es un medio de santificación que ofrece la Iglesia a través del cual el director (frecuentemente un sacerdote o una persona consagrada, aunque también puede haber laicos preparados para ello) y el dirigido, en un diálogo en la fe y bajo la acción del Espíritu Santo, van descubriendo la voluntad de Dios para el dirigido.

Es una práctica que inició desde los albores del cristianismo, y se arraigó particularmente en la experiencia de los padres del desierto. Se ha ido consolidando a lo largo de la historia, al grado que es sumamente recomendada por los papas y prescrita, incluso, para los candidatos al sacerdocio.

Tiene algunas características esenciales, como son la confianza y apertura del dirigido con el director, la visión sobrenatural, el procurar tener un director fijo para que te conozca y te ayude a fondo. En este enlace puedes encontrar algunas indicaciones útiles.

La dirección espiritual se puede dar también en la confesión y coincidir con ella. Sin embargo, también puede ser un encuentro separado de la confesión sacramental, con la ventaja de que puedes extenderte más, sin necesidad de “bloquear” la fila de confesiones de tu parroquia en un fin de semana.

Ojalá puedas valorar las maravillas que Dios hace a través de este medio y te sirva para seguir a Cristo más de cerca.

¿Qué es la consagración espiritual?

 Elena pregunta:

¿Qué es la consagración espiritual? ¿Qué requiere y qué implica?

Elena:

Por consagración espiritual me refiero personalmente a esto: una consagración a Cristo que tú haces en tu corazón, en tu espíritu.

Una verdadera consagración significaría que tú haces una promesa formal en presencia de una autoridad de la Iglesia de entregarte enteramente a Cristo viviendo en la pobreza, castidad y obediencia. Hacer esto tiene consecuencias: usualmente entras a formar parte de un grupo o movimiento religiosos específico, aceptas algún tipo de regla para tu vida, vives bajo un director, te sometes a una formación específica, etc…

Ahora , si por alguna razón (edad, salud, etc…) quieres entregarte a Dios pero no estás en posición de hacer una verdadera consagración formal, puedes escoger un tiempo formal, puedes escoger un tiempo especial para decirle a Dios que te quieres entregar a Dios, que te quieres entregar a Él por completo.

Luego, de forma privada ( en tus pensamientos, tiempo que das al rezo, la manera que reservas tu corazón sólo a Él, el tiempo que das al apostolado) intenta vivir esa promesa de una manera sencilla, llena de amor, cada día. Es algo espiritual, privado, solo entre Jesús y tú, y aunque no te ata tanto como una consagración formal, es una bella y útil acción si piensas que algún día vas a ser llamada a consagrarte a consagrarte formalmente a Él.

¿Te ayuda?